A ya un par de días de haber iniciado lo que es mi dieta blanda, me siento un poco extraña y preocupada. Mi dieta blanda consiste en comida, y ya dejando un poco los jugos y las papillas atrás. Pollo cocido, caldo de verduras, sandía, galletas saladas, etcétera. Aquí empieza lo que solía preocuparme antes de operarme. ¿Y si no puedo? Ya he mencionado atrás (creo) que el olor de ciertas comidas me abrían el hambre y por lo tanto resultaba un poco tortuoso para mí. Yo estaba acostumbrada a comer rápido por los horarios que tenía que cumplir. Aprender a comer lento me ha resultado doloroso, pues si como un poco de pollo que no está bien masticado, mi estómago me reclama luego, como aquellas punzadas que sentía al beber agua. Lo que para mí antes era un placer y un deleite, comer ahora me está resultando incómodo y doloroso. Quizá es parte del plan malévolo de la operación. Para solucionar el problema del hambre, he tomado mucha agua. En la hoja de la dieta dice que debo beber 1.5 litros de agua.
Aquí es donde entran en conflicto dos situaciones mías: la primera, que como ya estoy pudiendo comer algo sólido (me he dado cuenta que las galletas saladas son deliciosas, recuerdo cuando les ponía mayonesa cuando era niña y me las comía en sanwich, jajaja) quiero comer y volver a disfrutar, pero también debo aprender a contenerme y no dejarme ganar por las ganas de comer. El verdadero problema, o uno anterior a ese, es que no sé si quiero realmente aprenderlo. O sea, sí quiero, ¡claro que quiero! Por algo me operé, y sé que sólo por el hecho de operarme no voy a bajar de peso. Pero, diablos, qué ricas saben esas galletas saladas y que rico es poder disfrutarlas. Parece que quiero mantener mi pastel y querer comérmelo a la vez. Hasta las metáforas hablan de comida. Sé que la comida es muy importante para el ser humano... ¿pero no podemos usar otras metáforas?
Me siento abrumada.