Se acerca el próximo 22 de julio un año desde que me sometí a una gastroectomía. He bajado de peso bastante, de los 150 kilos ahora peso 102. ¿Estoy contenta por eso? Sí. ¿Lo hubiera podido lograr sólo con dieta y ejercicio? No. Pero... ¿estoy contenta con mi desición? No lo sé. Han habido cambios por los cuales yo no estaba preparada, cambios en donde más me duele. Cambio que me frustran. Cambios que me hacen sentir derrotada más que sentirme victoriosa. Antes de que siquiera pensara en operarme, tenía ataques de miedo donde me rehusaba a comer por temor a morirme. Otra vez estoy rehusándome a comer, porque cualquier cosa que como, me sienta mal. Me siento quebrada, derrotada. Como si no quisiera luchar más. Mañana que es el dia del padre, no sé qué haré. Tengo mucho miedo, no quiero arruinar su día sintiéndome mal por algo que coma.
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Todos los textos e imágenes publicados son copyright ©2015-2016, AwesomeKilljoy A menos que se especifique lo contrario.
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sábado, 18 de junio de 2016
Se acerca un año~
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Ugh...
Después de me último post, como todo en la vida, han habido varios cambios. Uno de ellos es que de nuevo me sometí a otra operación, esta vez para retirar la vesícula debido a los cálculos biliares que me encontraron.
Al inicio... todo bien... pero... no sé. Estoy bastante desanimada, quizá hasta arrepentida. Me siento sola porque no conozco a nadie que haya pasado por lo mismo que yo y en los grupos de apoyo realmnete no encuentro el apoyo que necesito. I didn't sign up for this, como dicen en inglés. Y mañana es el día del padre... quisiera no salir de casa.
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Al inicio... todo bien... pero... no sé. Estoy bastante desanimada, quizá hasta arrepentida. Me siento sola porque no conozco a nadie que haya pasado por lo mismo que yo y en los grupos de apoyo realmnete no encuentro el apoyo que necesito. I didn't sign up for this, como dicen en inglés. Y mañana es el día del padre... quisiera no salir de casa.
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martes, 29 de diciembre de 2015
Para concluir el año.
Sí, sé que tengo este blog abandonado. Iba a esperar hasta que se cumplieran 6 meses desde que me sometí a la operación para hacer un recuento de mis experiencias para tener algo sustancial que decir, pero dado que son fechas navideñas y el Año Nuevo está a la vuelta, pensé que sería lo más apropiado adelantar la fecha.
Desde el 22 de julio hasta el 21 de diciembre, he perdido 36 kilogramos. Han sido un cambio importante sin duda alguna, porque mi ropa es diferente, mi cuerpo es diferente, y mi manera de comer es diferente.
Esto me casa sentimientos encontrados. Estoy contenta por bajar de peso y de lo que eso refleja en mi salud. Antes, cuando pesaba 150 kilogramos, podría estar gorda, pero mis senos eran generosos. Ahora encuentro que no lleno la copa, a pesar de que el elástico ya me queda bien, sin necesidad de expansiones. Los pantalones se me caen, así como el cabello. Me da miedo bañarme porque si me paso el peine, se me viene mucho cabello. No es lo mismo, pero me recuerdo a una paciente con cáncer. El otro día que me bañe, si me solté llorando porque me asustó mucho, y a pesar de que es algo que me dicen que es normal, no me gusta. Me siento más fea, pues la piel me cuelga mucho, y se que no hago el ejercicio que debería, pero la verdad es que no me motiva hacer otra cosa que no sea natación.
¿Por qué no me compro ropa? Me he comprado ropa pero como sigo bajando, me queda floja al mes y no quiero estar gaste y gaste en algo que dejaré de utilizar en un corto periodo de tiempo. Me he comprado unos pantalones, pero muy pocos.
También se me hace muy difícil aún las porciones de comida. Cuando me sirven un plato de comida, automáticamente siento una molesta porque siento que es muy poco, pero como apenas un bocado y ya me siento llena. No me molesta comer poco, supongo, me molesta no poder aceptar que como poco o que lo que me sirven es lo justo para mí. Igual termino dejando la mayor parte del plato, o me llevo la mitad que me sobra del restaurante a la casa para el día siguiente, pero me molesta.
Para cerrar este tema, recuerdo haberle dicho a algunos amigos y familia que me tuvieran paciencia, porque este cambio era enorme y profundo para mí y que mi humor estaría fluctuando mucho y esas cosas. Agradezco infinitamente quienes han permanecido conmigo, porque me aguantan en momentos que yo no lo hago. Se quedaron conmigo en momentos donde yo me desprecio y me aborrezco, motivada por miedo, por mi auto-sabotaje, por mi orgullo.
Prometo escribir más seguido.
Felices fiestas.
Desde el 22 de julio hasta el 21 de diciembre, he perdido 36 kilogramos. Han sido un cambio importante sin duda alguna, porque mi ropa es diferente, mi cuerpo es diferente, y mi manera de comer es diferente.
Esto me casa sentimientos encontrados. Estoy contenta por bajar de peso y de lo que eso refleja en mi salud. Antes, cuando pesaba 150 kilogramos, podría estar gorda, pero mis senos eran generosos. Ahora encuentro que no lleno la copa, a pesar de que el elástico ya me queda bien, sin necesidad de expansiones. Los pantalones se me caen, así como el cabello. Me da miedo bañarme porque si me paso el peine, se me viene mucho cabello. No es lo mismo, pero me recuerdo a una paciente con cáncer. El otro día que me bañe, si me solté llorando porque me asustó mucho, y a pesar de que es algo que me dicen que es normal, no me gusta. Me siento más fea, pues la piel me cuelga mucho, y se que no hago el ejercicio que debería, pero la verdad es que no me motiva hacer otra cosa que no sea natación.
¿Por qué no me compro ropa? Me he comprado ropa pero como sigo bajando, me queda floja al mes y no quiero estar gaste y gaste en algo que dejaré de utilizar en un corto periodo de tiempo. Me he comprado unos pantalones, pero muy pocos.
También se me hace muy difícil aún las porciones de comida. Cuando me sirven un plato de comida, automáticamente siento una molesta porque siento que es muy poco, pero como apenas un bocado y ya me siento llena. No me molesta comer poco, supongo, me molesta no poder aceptar que como poco o que lo que me sirven es lo justo para mí. Igual termino dejando la mayor parte del plato, o me llevo la mitad que me sobra del restaurante a la casa para el día siguiente, pero me molesta.
Para cerrar este tema, recuerdo haberle dicho a algunos amigos y familia que me tuvieran paciencia, porque este cambio era enorme y profundo para mí y que mi humor estaría fluctuando mucho y esas cosas. Agradezco infinitamente quienes han permanecido conmigo, porque me aguantan en momentos que yo no lo hago. Se quedaron conmigo en momentos donde yo me desprecio y me aborrezco, motivada por miedo, por mi auto-sabotaje, por mi orgullo.
Prometo escribir más seguido.
Felices fiestas.
domingo, 26 de julio de 2015
El segundo día y dada de alta
Mis padres estuvieron conmigo el primer día, mi madre se quedó a dormir porque mi papá debía trabajar. Mi mamá durmió muy cómodamente, como ella no tenía un drenaje colgándole, ni heridas en la panza, pudo acomodarse donde y como quiso. Yo seguía sin dormir. Sin embargo, había en la esquina de cuarto un sofá enorme, muy acolchonado. Mi madre me sugirió echarme ahí, porque era cómodo. Acepté, después de todo, ya qué. Estaba tan cómodo que me dormí hasta el día sigiente. Eran aproximadamente las tres de la mañana cuando me senté en el sofá.
El segundo día no fue tan malo como el primero. Me desperté como a las 6 ó 7 de la mañana. Aún no podía dormir del todo bien, pero al menos ya no vomitaba cada que caminaba. Me bañé, y llegó la enfermera a hacerme las curaciones pertinentes. Mi madre regresó a la casa para bañarse y desayunar, y en eso por fin me dieron algo de comer, entre comillas. Mi desayuno fue medio vaso de hielo raspado, que lo disfruté enormemente porque desde el día de la cirugía que tenía muchísima sed. Lo malo es que cada que me caía a mi nuevo estómago, me renegaba y me dolía. Era un dolor largo y punzante, pero pasajero y no siempre sucedía cada que tragaba el hielo; duraba aproximadamente unos 3 ó 4 segundos.
Me permitieron usar la computadora y me dieron la clave del wifi. Usé el Internet un ratito, chequé Facebook, respondí mensajes de ánimo, y en eso me traen mi comida. Una paleta de agua sabor cereza.
Delicioso. Me sentí como niña. Me decían las enfermeras que lo frío me ayudaría a cicatrizar mejor y yo, desde luego, no me quejé. Al poco tiempo regresó mi mamá, la enfermera me trajo más hielo (que igualmente disfruté mucho) y de nuevo, a enfrentar la larga noche que me esperaba, otra noche sin poder dormir.
sábado, 25 de julio de 2015
El primer día
El día de la operación ya había llegado. Me había despertado a las 5:30 para llegar a las 6:30 al hospital y tener mi operación a las 7 de la mañana. Las noches previas a estas habían estado difíciles, pues había tenido una complicación de salud y uno de mis miedos más fuerte era la pregunta que siempre me rondaba la cabeza al cerrar los ojos para intentar dormir: ¿Y si no despierto de la anestesia? La respuesta de mi mamá, cuando le contaba, en lógica fue coherente y debió calmarme, pero no lo hizo.
--Pues si no despiertas, no lo vas a sentir -me dijo-, ¿de qué te preocupas entonces?"
Fueron noches estresantes de dormir una hora dividido en ratitos, o de no dormir en general. El día que estaba en el quirófano, no me di cuenta de a qué hora me durmieron, sólo recuerdo que "me desperté" y ya estaba en el cuarto de recuperación. Ni chance de preguntarle al médico qué probabilidades había, ni de pedirle que le pasara mi última voluntad a mis padres.
Desperté con la boca completamente seca. Horriblemente seca, pero no me dejaron tomar agua ni mojarme la lengua durante el día. Creo que ese día dormí mucho gracias a la anestesia debido a que los días siguientes que dormí en la cama médica, la odié y no podía dormir. Ni moverme podía. Le pedí a mi papá que hasta me rascara la oreja. Por suerte, mi habitación era privada, no era compartida, y tuve el aire acondicionado para mí sola. Eso fue genial. Siempre estuve bien atendida, las enfermeras hacían sus rondas, me llevaban el medicamento, el suero y todo. Al paso del día conforme me fui despertado, me dijeron que tenía que empezar a dar pasitos. Y me fui a dar mis pasitos a lo que llamamos "la pasarela de gorditos", pues no era la única que se había hecho la manga gástrica.
También me dijeron que vomitaría y/o que sacaría muchos gases o eruptos, pues me habían metido gases para separar no sé qué cosa allá adentro. Vomité un total de cuatro veces, con sangre. Me preocupaba mas que nada que me fuera a lastimar el estómago.
--No te pasará nada, y es completamente normal --me respondió la enfermera--, entre más lo hagas mejor. No dejes de caminar. Y no, aún no no puedes tomar nada. Mañana.
Mis padres veían el partido de México vs. Panamá y medio escuchaba los comentarios de mi papá acerca de la selección. A mí ni me gusta el futbol, así que no e molestó que no me pudiera mantener despierta gran parte del partido. Así fue mi primera noche, vomitando, durmiendo a ratos, porque realmente me era muy difícil dormir. No podía apagar la luz, la cama era incómoda, me dolía el trasero, me cansaba el cuerpo... pero bueno, al menos tenía aire acondicionado.
--Pues si no despiertas, no lo vas a sentir -me dijo-, ¿de qué te preocupas entonces?"
Fueron noches estresantes de dormir una hora dividido en ratitos, o de no dormir en general. El día que estaba en el quirófano, no me di cuenta de a qué hora me durmieron, sólo recuerdo que "me desperté" y ya estaba en el cuarto de recuperación. Ni chance de preguntarle al médico qué probabilidades había, ni de pedirle que le pasara mi última voluntad a mis padres.
Desperté con la boca completamente seca. Horriblemente seca, pero no me dejaron tomar agua ni mojarme la lengua durante el día. Creo que ese día dormí mucho gracias a la anestesia debido a que los días siguientes que dormí en la cama médica, la odié y no podía dormir. Ni moverme podía. Le pedí a mi papá que hasta me rascara la oreja. Por suerte, mi habitación era privada, no era compartida, y tuve el aire acondicionado para mí sola. Eso fue genial. Siempre estuve bien atendida, las enfermeras hacían sus rondas, me llevaban el medicamento, el suero y todo. Al paso del día conforme me fui despertado, me dijeron que tenía que empezar a dar pasitos. Y me fui a dar mis pasitos a lo que llamamos "la pasarela de gorditos", pues no era la única que se había hecho la manga gástrica.
También me dijeron que vomitaría y/o que sacaría muchos gases o eruptos, pues me habían metido gases para separar no sé qué cosa allá adentro. Vomité un total de cuatro veces, con sangre. Me preocupaba mas que nada que me fuera a lastimar el estómago.
--No te pasará nada, y es completamente normal --me respondió la enfermera--, entre más lo hagas mejor. No dejes de caminar. Y no, aún no no puedes tomar nada. Mañana.
Mis padres veían el partido de México vs. Panamá y medio escuchaba los comentarios de mi papá acerca de la selección. A mí ni me gusta el futbol, así que no e molestó que no me pudiera mantener despierta gran parte del partido. Así fue mi primera noche, vomitando, durmiendo a ratos, porque realmente me era muy difícil dormir. No podía apagar la luz, la cama era incómoda, me dolía el trasero, me cansaba el cuerpo... pero bueno, al menos tenía aire acondicionado.
viernes, 24 de julio de 2015
Introducción
Desde que recuerdo, he sido gordita. De niña tenía severas críticas por parte de mi madre que pusieron hasta cierto punto un obstáculo en nuestra relación. Durante gran parte de mi vida, no me importó mucho mi peso, disfrutaba comer y del placer instantáneo que ésta me daba, cubriendo carencias con esa felicidad, resolviendo problemas con ese placer temporal. No fue hasta que empecé a preguntarme cuál era la raíz de la mayor cantidad de problemas que tenía, sociales, amorosos, personales, etcétera, y me di cuenta que mi peso me impedía sentirme segura de mí, y por ende, tener la habilidad de socializar, pues sentía que me juzgaban justo como lo hacen los medios sociales en la tele; las "bromitas inofensivas" en los programas de chistes, en los canales de "comedia", y demás. Nunca pude conseguir un novio, y si bien estoy de acuerdo que el peso no tiene que ver, pero no tenía la confianza. Tampoco tuve buenas influencias para aprender a desarrollarme con mi peso.
Desde niña hice dietas, pero nunca logré nada. Me estancaba rápido y desarrollé una aversión por ellas dada la constante presión familiar por perder peso. Me di por vencida y decidí esconderme. Era –aún soy– reclusa en mi vida virtual. Mis relaciones eran virtuales, mis amistades también. Un día dejó de serme satisfactorio y decidí que quería conseguir algo real. Y lo hice, en cierta parte, pero no me bastó. Gracias a la terapia que había iniciado unos años antes, conseguí el valor y la posición mental para poder tomar la decisión de someterme a una manga gástrica o gastroectomía.
Por un momento lo pospuse, dejándolo como un sueño, pues el dinero siempre fue un obstáculo. Quizá si decía que lo iba a hacer, me iban a dejar en paz, y podría vivir más feliz. Pero no fue hasta que pasaron más años y empecé a preguntarme si realmente podría hacerlo.
Entonces conseguí el dinero, conseguí el tiempo adecuado, y otros factores me influenciaron a tomarlo en serio. Así fue como el 5 de julio, la fecha de mi cumpleaños, fue mi “última cena” como le llamé, comí con mi familia en un restaurante todo lo que quise, tuve dos semanas de dieta preoperatoria, y el 22 de julio me sometí a la operación.
Desde niña hice dietas, pero nunca logré nada. Me estancaba rápido y desarrollé una aversión por ellas dada la constante presión familiar por perder peso. Me di por vencida y decidí esconderme. Era –aún soy– reclusa en mi vida virtual. Mis relaciones eran virtuales, mis amistades también. Un día dejó de serme satisfactorio y decidí que quería conseguir algo real. Y lo hice, en cierta parte, pero no me bastó. Gracias a la terapia que había iniciado unos años antes, conseguí el valor y la posición mental para poder tomar la decisión de someterme a una manga gástrica o gastroectomía.
Por un momento lo pospuse, dejándolo como un sueño, pues el dinero siempre fue un obstáculo. Quizá si decía que lo iba a hacer, me iban a dejar en paz, y podría vivir más feliz. Pero no fue hasta que pasaron más años y empecé a preguntarme si realmente podría hacerlo.
Entonces conseguí el dinero, conseguí el tiempo adecuado, y otros factores me influenciaron a tomarlo en serio. Así fue como el 5 de julio, la fecha de mi cumpleaños, fue mi “última cena” como le llamé, comí con mi familia en un restaurante todo lo que quise, tuve dos semanas de dieta preoperatoria, y el 22 de julio me sometí a la operación.
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